Un desvío entre neblina

Palabras que salieron de aquella a quien amaba, que nunca esperaba: desprecio, rechazo y mucha ansiedad, porque el corazón deseaba que aquel sueño de un hogar fuera con ella una realidad. El dolor se apoderó de mí, me llevó a transitar un nuevo camino desconocido; un dolor nuevo que intentaba matarme.

Era tan fuerte la mezcla dentro de mí que me quebraba; cada lágrima contenía sufrimiento y un veneno de resentimiento que me degradaba. Durante meses cargué con el dolor de sus palabras. Mi sentimiento estaba a un nivel tan alto que lastimarme allí significó la caída de una torre que quizá solo yo construía.

Me enamoré profundamente e idealicé a la persona y la relación. Sufrí de dependencia, quería que estuviera el resto de mis días a mi lado. Esa gran ilusión me llevó a sostenerme en un sentimiento que dolía. El amor dolía, y nadie lo sabía. Nadie nos brindó un apoyo con la empatía que nos permitiera ser vistos y entendidos.

Digo que era un dolor que no conocía, pero fue con el que viví toda mi anterior vida en mi familia, donde el pasado sexual tomaba las veces que quería, la peor fuerza que destruía mi hogar. Crecí con dolor, con mucha intermitencia en la paz: golpes, gritos y palabras hirientes de un padre que miraba con terror a quienes consideraba familia.

Conocía el daño que ese pasado no sanado ocasionaba; mi madre, mi hermana y yo sobrevivimos, pocas veces vivimos el verdadero significado del amor en un hogar. No entendía los roles, pero siempre me consideré el héroe de mamá.

En mi mente aún vive el recuerdo de las lágrimas combinadas con sangre que brotaban de su rostro por un pasado que pesaba más que el presente. No conocíamos a Cristo. No teníamos más que ese angustiante camino, por el que hoy aún peleo con la ansiedad que no me deja dormir; es como si mi cuerpo estuviera impulsado por el susurro de sus voces a luchar porque no queremos más dolor.

Esta vez me correspondió a mí enfrentar ese dolor que creo que mi padre también sufrió. He pensado en que es parte del plan de Dios; un desvío antes de llegar a la meta, pues siempre he deseado casarme con una persona que sea mi mejor amiga y con quien podamos servir a Dios enseñando a sanar a quienes detrás de una sonrisa esconden un mundo en lucha.

Experimenté un sentimiento que se combinó con un pasado que resucitó para lastimarnos, afectando mi autoestima. Pero nadie me enseñó a perdonar las fallas que todos cometemos. Durante mucho tiempo oré cuestionando el porqué a mí; busqué respuestas, pero nadie estuvo cuando mi corazón se abatía (hace más de 5 años pasé por una fuerte depresión donde el suicidio fue mi salida, gracias a Dios no pasó).

Como no encontré a alguien físicamente, creo que Dios me adentró en un desvío entre la neblina de los «por qué». Fue una experiencia que solo yo tenía que experimentar en mi habitación, orando y siendo acompañado a la distancia por alguien que nunca he visto en persona.

Este proceso de ahora me trajo sanidad y libertad. Comencé a ver a aquella persona desde una óptica diferente, solté lo que no me correspondía, dejé el juicio y comencé a tener misericordia, incluyéndola a ella. Aprendí a escuchar, a descargarme en Dios y a utilizar las herramientas del curso con la Biblia para levantarme.

Dios fue el cirujano de mi alma. Pacientemente lo esperé, se inclinó a mí y oyó mi clamor. Hoy creo que Dios así lo permitió; lo que escribo es corto para la gran emoción de saber que lo necesitaba. Perdonar es el nombre de la ruta de desvío que Dios usó para ayudarme a crecer. Hoy las cadenas de maldición familiar y los yugos se están rompiendo por su misericordia.

PDTA: Con mucho más que decir, atentamente: Un amigo a la distancia, Angel.